Castro Fau, Agustina Carmela - clase 7

 Clase 7

Problema detonante


Justo me agarraron en un viernes con más dudas existenciales que certezas, siempre el viernes es después del jueves, claramente y los jueves son un dia duro de correcciones de diseño, de tesis.

El Dilema del Diseñador: Creer en Uno Mismo Frente al Espejismo de las Expectativas

El diseño, en su esencia, es un acto de creación y transformación. Sin embargo, a lo largo de la carrera, el proceso creativo se encuentra con un problema detonante: el constante choque entre lo que uno desea ser como diseñador y lo que los demás esperan que seas. Es un tema recurrente, un dilema que acompaña a los futuros diseñadores en sus primeros años y, paradójicamente, persiste a lo largo de toda la vida profesional: la necesidad de creer en uno mismo frente a las expectativas externas.

Recuerdo el primer momento en que realmente me enfrenté a este conflicto. En una clase de diseño, tuve que presentar una propuesta para una colección de indumentaria con texturas, paleta, etc. 

Tenía una idea clara en mi cabeza, una visión que sentía única y personal. Pero, a medida que la presentación se acercaba el momento de exponer, la presión creció. La idea comenzó a diluirse en las críticas anticipadas que imaginaba: ¿sería "lo suficientemente buena"? ¿Qué pensarían mis profesores? ¿Y mis compañeros? En ese momento, lo que comenzó como una visión auténtica terminó convertida en un intento de complacer a otros, de encajar en un molde que, aunque imaginado por mí, no parecía del todo mío.

El problema detonante es claro: el diseño se convierte en una constante negociación entre lo que uno quiere expresar y lo que los demás esperan ver. Hay una fricción entre la expresión personal y la necesidad de validación. El mundo del diseño está lleno de expectativas, de la facu, de los compañeros, de la industria y muchas veces esas expectativas distorsionan lo que realmente queremos hacer. 

Los modelos estéticos, las normas de lo que es “bueno” o “aceptable” en el diseño, se imponen como reglas no escritas que, si bien sirven de guía, pueden llegar a sofocar la autenticidad y la experimentación.

Pero lo más insidioso de este problema no es solo lo externo; es lo interno. La inseguridad se infiltra en el proceso, la duda sobre si somos lo suficientemente creativos, lo suficientemente innovadores. 

La comparación con los demás se convierte en un enemigo constante. A medida que avanzamos, nos preguntamos: ¿realmente puedo confiar en mi criterio? ¿O es que mi trabajo está siempre influenciado por lo que otros esperan? Esta duda se convierte en un ciclo repetitivo que nos lleva a preguntarnos si alguna vez estaremos lo suficientemente preparados para “hacerlo bien”.

Acá es donde entra en juego la necesidad de creer en uno mismo. De nuevo, frase mas quemada no existe pero es verdad.

Es un acto de valentía, no solo en el proceso creativo, sino en la vida profesional en general. Creer en nuestra visión, aunque no encaje con las expectativas externas, aunque se desvíe de los caminos marcados por otros.

Porque en el fondo, el diseño no debe ser una copia de lo que se espera, sino una exploración de lo que somos capaces de crear a partir de nuestras experiencias, nuestro contexto y nuestras emociones. No se trata solo de seguir tendencias, sino de proponer algo nuevo que refleje lo que somos como individuos y como creadores. Sin poner tanta presión en eso.

Siempre es más fácil decirlo que hacerlo.


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